18 de julio de 2008

LA HISTORIA DE UN SENTIMIENTO (3)

LA MARCA DE UNA ACTUACIÓN

3- El despertar de una vocación

De vez en cuando, aparecía en el pueblo un fraile o un Padre para despertar la vocación de los niños. En una de ellas, mi madre se entusiasmó y quería, a toda costa, que yo fuera al convento. Sabía que era un chiquillo travieso e inquieto que, frecuentemente, me metía en algunas peleas de críos o en otras trastadas, como robar fruta de la huerta del vecino, descuidar el rebaño o pelearme con otros pastores. Pero también sabía que en el fondo, tras estas trastadas, latía en el pecho de su hijo un corazón generoso que compensaba todo. Otros amigos ya estaban decididos a ser sacerdotes, ¿por qué su hijo no podía decidirse?...

Pero yo me negaba rotundamente, porque no soñaba con ser sacerdote y mucho menos, ir a un convento. Mi sueño era crecer y construir una familia, como los demás. En aquellos momentos -con once años- a mi ya me gustaba una pastorcilla llamada Úrsula y para pasear con ella procuraba conducir mis ovejas siguiendo su rebaño. Pasados algunos meses, el tema de “ser padre” cayó en el olvido y mi vida continuó con la rutina. Pero... un bonito día, aconteció lo inesperado. Antes de salir al campo con el rebaño, por espacio de ocho horas, recogí abono del corral en el carro de bueyes. El sol brillaba de forma diferente y la brisa de la mañana estaba más inspiradora. De repente, comencé a reflexionar sobre el trabajo que estaba realizando y, sin saber por qué, algo diferente me iluminó y me hizo cambiar de opinión.

Fue como si una luz rompiese el cristal de mis ilusiones, mostrándome un camino para una idea más sublime. Parece que alguien derribó del caballo, como a Pablo de Tarso en el camino a Damasco y me llamaba como al niño, Samuel. Esa luz me mostró el encanto sugestivo y atrayente de las cosas que antes me eran indiferentes.
Mi pensamiento fue para horizontes alejados donde, según decían, vivía mucha gente desorientada, abandonada y sufrida que necesitaba ayuda. En estos horizontes, identifiqué el mundo de las Misiones, lugar de indios incultos y de gente sin Fe cristiana que vivían privados de la civilización y el Evangelio.

Un sentimiento sutil y persistente estremeció todo mi ser, como si fuese un aguijón. Alguien me estaba invitando a esa tarea. Sin querer, comencé a cambiar el sueño de pastorear ovejas por el de pastorear personas, como misión más noble... Pasé a sentir la voluntad de ser Padre Misionero...

Tiré la herramienta y fui feliz al encuentro de mi madre:
- Mamá, yo quiero ser Padre, quiero ser misionero. Voy al convento.
Mi madre se llevó un gran susto y no se lo quiso creer. Ella se opuso firmemente, pués pensaba que se trataba de un capricho o de una actitud pasajera sin importancia. Tal vez pensaba que era una broma y mi me hizo caso.

Pero yo continuaba firme en mi propósito y, a partir de ese momento, comencé a cambiar mi comportamiento y a contar a mis amigos: ¡voy a ser cura! Nadie me creía, debido a mis trastadas, pero yo continuaba firme. Pasé pensar cómo abandonaría el pueblo, como me separaría de mis padres, como abandonaría las ovejas y los corderos y cómo me despediría de Úrsula, la pastorcilla tierna, sencilla y bonita.

El primer encuentro con ella fue conmovedor. Era a la vuelta del medio día. Un sol festivo alegraba el campo y nosotros dos estábamos tristes. Úrsula no entendía mi decisión y preguntaba:
- ¿Es verdad que vas a ser cura?
- Sí, Úrsula. Voy a ir al convento dentro de unos días.
- ¿Y por qué? ¿No nos gustamos y vivimos tan alegres cuidando las ovejas?... De repente, ¿te quieres ir para el convento?
- Es una fuerza irresistible -alegué- que me empuja...¡descubrí la existencia de otras personas que viven lejos y necesitan de Dios!
- Pero nosotros vivimos felices pastoreando nuestros rebaños! -insistió ella.
Yo interrumpí:
- Estos trabajos de campo, Úrsula, son muy esclavos y carecen de horizontes para el futuro... yo necesito salir y buscar otra misión...¡y de otros encuentros!
- ¿Y cuándo vas a volver? - me preguntó la pastorcilla.
- Creo que nunca- respondí. Solamente cuando sea Padre...

Continuó un diálogo amoroso. Una tristeza sombría nos envolvía y nos abrazamos llorando uno con el otro, sin hablar. Tengo la certeza de que ella no entendió mis argumentos y que no tenía conciencia plena de aquello que estaba diciendo. Era como si alguien pusiera en mi sus palabras. Hubo lágrimas, hubo saludos y... lloramos amargamente. Por fin me entreguó un pañuelito como recuerdo. Éramos dos criaturas puras, ingenuas y sinceras. Hoy, ella está casada y sigue viviendo en el pueblo.


(Extracto de "A saga de un sentimento", de Joaquín Casado Castaño. Primera parte, capítulo II, punto 3)

2 comentarios:

Tomás dijo...

Soy el hijo de Felicidad,autora del blog "Recuerdos de la abuela". He ojeado el blog que estas haciendo de Ayoo y me encanta. Esta parte sobre la vida del padre Casado me parece muy interesante como está redactada.
Ánimo y a continuar con dejar memoria de las pequeñas-grandes historias de nuestros pueblos que están muriendo poco a poco.
Un saludo
Tomás

IRM dijo...

Gracias Tomás... y transmítele a tu madre, Felicidad, lo bonito que es su blog y todo lo que escribe en él, como ya os puse en el comentario. Muchas gracias por pasarte por aquí.
Isabel