16 de julio de 2008

LA HISTORIA DE UN SENTIMIENTO (1)

LA MARCA DE UNA ACTUACIÓN

1- El comienzo


Hoy estoy ejerciendo esa costumbre de pensar, preguntándome el motivo de los principales acontecimientos de mi vida. Y como fruto de esa reflexión incesante, descubrí que tuve un impulso singular que me condujo de una infancia rural y modesta a una adolescencia disciplinada y obediente, que se transformará en una actuación adulta, fecunda y provechosa.

Diré que fui un niño revoltoso, pastorcillo de ovejas alegre y sufrido, adolescente curtido en los trabajos del campo, joven obstinado, seminarista inquieto, universitario activo, religioso sincero y jovial, padre entusiasta y consciente, profesor esforzado, director firme, presidente eficaz, consejero prudente, periodista circunstancial, orador hábil, promotor de eventos culturales y sociales de sucesos y protagonista de innumerables tareas.

Descubrí también que ese impulso fue un sentimiento de solidaridad profundamente arraigado, mezcla de caridad cristiana y bondad natural. Este sentimiento orientó y estimuló mi voluntad con una energía de una generosidad intensa, real e irresistible.

Dos datos acentuarán este matiz del perfil de mi vida. A los nueve años pastoreaba un rebaño de cien ovejas, llevándolas diariamente por los campos del modesto pueblo donde vivía. Salía por la mañana para cuidar de las ovejas, buscando buenos pastos y cargando en la mochila pan, longaniza, tortilla y vino. De vuelta a casa, cansado, me ofrecía para ayudar a mi hermana a buscar agua en la Fuente de la Iglesia, bastante lejana, para atender a mi madre. Era una tarea diaria porque no había agua en las casas. Prestar este tipo de servicio era normal para poder desarrollar mis ganas de ayudar.

Otro gesto fue más peculiar. Cierto día, yo volvía del campo donde había llevado el ganado a pastar, a una distancia de unos tres kilómetros, aproximadamente. De repente, me crucé con una señora elegane, doña Adela, que llegó tarde a entregar su ganado a los vaqueros y debía llevarlo a un pasto distante. La mujer estaba embarazada y no podía dar un paso más. Yo me di cuenta de la situación y le dije a ella: Déjelo, doña Adela, yo llevo sus vacas. Este gesto solidario hizo que la mujer, totalmente agotada, viese en mi un ángel caído del cielo. Eso fue lo que ella me confesó cuando volví al pueblo para mi Primera Misa, a los 23 años de edad.


(Extracto de "A saga de un sentimento", de Joaquín Casado Castaño. Primera parte, capítulo II, punto 1)

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