26 de julio de 2008

LA HISTORIA DE UN SENTIMIENTO (11)

LA PRIMERA MISA EN MI TIERRA NATAL

Aún estaban frescas las emociones de la Ordenación y ya nos preparábamos para otras. Estaban programadas las vacaciones para celebrar el “Canto de Misa” en mi tierra natal, el reencuentro con mi padres, parientes, amigos, que me vieron nacer y crecer.

La llegada al pueblo fue indescriptible por la admiración y por el respeto. En siete años de ausencia todo estaba cambiado. Los niños eran otros y los adolescentes de ayer ya eran, hoy, mozos adultos con familia constituida. Los abrazos y los besos de los padres y familiares hacían explotar el corazón. ¡Había lágrimas y sonrisas al mismo tiempo!
Aquellos que me vieron salir como un crío, no se creían la transformación que había vivido, volviéndome un Sacerdote y vestido con el hábito agustino. Solamente Doña Adélia, a quien ayudé a llevar el ganado al pasto, me dijo en repetidas ocasiones:
Yo tenía la certeza de que usted iba a ser Padre. ¡Su corazón es muy bueno!


Mis padres y hermanos, henchidos de orgullo y satisfacción, preparaban la fiesta del “Canto de Misa” como si fuese una boda. En su cabeza, yo me estaba casando con la Iglesia. Invitaron a todos los familiares y amigos que, claro está, era la mayor parte del pueblo, con cerca de 1000 habitantes.

Era verano y el sol brillaba con toda la fuerza. El templo se vestía con sus mejores galas, ostentando su famoso retablo dorado. Este retablo, con tres alturas diferentes y con nueve metros de altura, mostraba, para la veneración, imágenes de varios Santos, teniendo en el centro al Divino Salvador, Patrón de la Parroquia.

El 30 de Julio, domingo, un conjunto de músicos tocó la alborada a las 7.00h. A las 11.00h, nuevos acordes me conducían a la Iglesia, en compañía de los padrinos de bautismo, mis tíos Joaquín y Marcelina, y los demás invitados. Al llegar a la Iglesia encontramos a los invitados y los fieles congregados para asistir a mi Primera Misa Cantada. Los párrocos de los alrededores, especialmente aquellos que me vieron crecer, ayudarían en la Ceremonia. Había un orador oficial, el Padre Agustín Liébana, que en el Sermón cantó, con elocuentes palabras, la grandeza del sacerdocio, destacando mi esfuerzo personal por alcanzarlo.

Uno de los momentos más emotivos ocurrió cuando, en el momento de la Comunión, ví a mis padres arrodillados delante de mi, para recibir la Hostia que tenía consagrada: Tomad y comed, este es el Cuerpo de Cristo.

Antes del final de la ceremonia otra emoción más fuerte me hizo llorar. Era el momento del besamanos. Yo permanecía sentado en el centro del altar y con las manos abiertas sobre las rodillas, enlazadas en una cinta decorada, recibía a la comunidad para besarlas. En el instante en que mi padre y mi madre se arrodillaban para besar mis manos, mi corazón se estremeció y las lágrimas corrieron abundantes por la cara.

Las emociones y los sentimientos fueron tantos que inspiraron este modesto poema, compuesto por mi en aquella época, y recordado hasta hoy:
Yo quiero albura de nieve
para mi primer altar
porque me encanta la nieve
de belleza sin igual.
Quiero un mantel blanco y puro
quiero un limpio Corporal,
y quiero la Iglesia entera
vestida de luz sin par,
para que ellos repose
el pan que es rico manjar.
Quiero que la Hostia recuerde
la pureza celestial
representando el modelo
de vida sacerdotal.
Quiero que el trigo hecho carne
del Cordero divinal
conserve el blancor de harina,
aunque nacido en trigal,
y que el vino rojo tenga
su color original,
su sabor alimente
la fe en la vida inmortal.
Yo quiero albura de nieve
de vida sacerdotal,
porque me encantó la nieve
que vi en mi primer altar.


Después de misa, mis padres ofrecieron un rico banquete a los invitados, incluídos los sacerdotes, que tenían una sala reservada. El respeto a la figura del Padre era muy grande en aquella época. La fiesta duró dos días, incluído el baile en la plaza pública para todos los vecinos.

En este desfile de sorpresas y complimientos, pasaron rápidas las vacaciones en mi tierra natal, esperando, de una hora a otra, una carta del Superior Provincial determinando mi destino. En virtud de mi avance en los estudios, yo soñaba hacer un Doctorado en Roma, pero las cosas no acontecieron en esa dirección. El día 8 de Agosto, llegó una carta que leí con ansiedad. Después de felicitarme por la Ordenación y por el Canto-Misa, terminaba literalmente:
“Debido a las necesidades de nuestra Misión en otros países, ordenamos, en virtud de Santa Obediencia, que se traslade a Brasil para ofrecer sus servicios en nuestra Casa de Sao Paulo. Venga a Madrid y aquí prepararemos lo necesario para el viaje.

Contando con su anuencia a este mandato,
atentamente,

Pe. Félix García, Prior Provincial, 6”


La carta cayó como una bomba sobre mis aspiraciones y sentimientos. Solamente con la sólida formación que había recibido conseguí serenar rápidamente la tormenta. Recuperado del choque, lentamente, comuniqué la noticia a mis padres que lloraron amargamente. En su mente, mi destino era “para el otro mundo”.
(Extracto de "A saga de un sentimento", de Joaquín Casado Castaño. Segunda parte, capítulo IV)

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