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18 de julio de 2014

El juego de los cartones

Uno de los juegos preferidos de los niños (con o, los varones) de la época de mis padres era el de los cartones. Cartones que no eran otra cosa que las cajas de cerillas, la envoltura de papel. Se recogían aquellas que se usaban en las casas pero también se compraban, una perra gorda o dos, por un ciento de cartones. Mi padre recuerda que él apañaba “los de tía Agustina y tía Quica, que no tenían hijos pequeños y me los guardaban”.



“Llevábamos los cartones vacíos en el bolsillo, aplastados... también los guardábamos en el pupitre de clase o en escondites que teníamos por la calle. Decíamos, vamos a jugar a los cartones y ya nos poníamos todos los rapaces”.

Se jugaba con las tajuelas, que eran de piedra planas o bien de hierro, sacadas de los arados, de las que se rompían de la cuchilla.

Se jugaba “a matar la tajuela”, que según me explica mi padre era hacer un cuadro en el suelo y marcar una raya. “Decíamos, ¿a cuánto se pone, a dos? Nos poníamos a cuatro o cinco pasos, se tiraba y el primero que con una tajuela le daba a los cartones que estaban dentro y salían eran para ti. Se tiraban los turnos según quedaba la tajuela cerca de la raya”.
También se jugaba “a la monta”, si quedaba encima la tajuela, te llevabas el cartón de otro.

“Recuerdo un enfado muy gordo de Fermín, el de Trini, con este juego de los cartones. Era un crío de 10 años y había perdido todo su capital de cartones en el juego. Fue donde el Ti Germán, que era su tío e iba como disimulando, hola tío, qué tal, venia a veros... hombre, chaval, qué quieres... quieres comer, quieres un mordín de chorizo? Y Fermín, bah, pan y chorizo, bah... ¿Quieres una perra gorda?... Bah, una perra gorda se tira y se pierde... bah... y al final ya el ti Germán le dijo a la mujer “anda, dale un real al rapá” y ya contento, con lo que había conseguido decía, Ah, bueno, ya un real, eso ya es algo... el Ti Germán era muy chistoso contándolo y a Fermín le sentaba muy mal y no quería que se lo recordasen".

2 de junio de 2013

Travesuras

Cuando mis padres me hablan de sus años de niñez siempre me hablan de tareas, de trabajo, aún siendo pequeños, pero también de juegos compartidos y de trastadas, muchas trastadas. Estas son algunas de las protagonizadas por mi madre y mi padre que, al fin y al cabo, también fueron niños...

Comienzo con la Emilia niña, que aunque tuvo mucho que trabajar y poco que enredar, también hizo alguna, como estas dos que me contó:


Me mandó llevar mi madre las vacas a la Corte y al pasar vi que había unos adobes frescos, recién hechos en las eras. Estaban tan frescos que no lo pude evitar, los fui pisando uno tras otros, todos, poniéndoles el pie encima. Los adobes eran de un vecino con el que me cruce una vez terminada mi travesura, cuando ya me iba. Luego se le reveló que había sido yo y cuando me vio me soltó un “si te pillo allí te doy una ensalada de hostias” y me fui derechita a casa.

En otra ocasión me fui a la tierra que tenía otro vecino en la Rosina. Había plantadas berzas y echaban un bertón le llamábamos, un berzón, que es cuando se suben y están muy buenas. Comí una o dos y me pilló haciéndolo y me chilló. Le cogí tanto miedo que cuando le veía me escondía entre la gente. Una vez estaba corriendo donde la casa de Norberto y al verle, me metí allí porque vi que había gente y pensé que así no me diría nada.


Mi padre también hizo las suyas, como cuando por jugar al fútbol rompió los zapatos nuevos que tenía y se ganó la gran bronca de mi abuelo o aquella otra, que ya publiqué, en la que el alcalde obligó a mi abuelo a apuntarse a la Falange y este puso el nombre de mi padre. Le dieron una foto de Franco y él y su hermana mayor, mi tía Dorinda, no tuvieron otra ocurrencia, ¡en aquellos tiempos!, que ir clavándole alfileres por toda la cara a la vez que decían “mira, aquí, que le hace más daño”. Vudú ayoíno en toda regla.



También me contó mi padre otra anécdota en la que el escaldado fue él: De niños íbamos a atropar rebaños (azuzar a los corderos y ovejas jóvenes para que no se quedasen rezagados). Yo fui cuando tenía poco más o menos la edad de Oier (ocho años) y me decían los pastores, los mayores: chavalín, rapaz, si no comes la merienda no se pone el sol. Y yo le di la merienda a los perros pensando que así llegaba antes la puesta del sol y nos íbamos a casa. Los perros comieron pero no se ponía el sol. Y ya se echaron a reír y me decían “ja ja... ya cayó un quinto, ya cayó un quinto”.


Los tres primos.
Pero para travesuras, las de mis primos Manolo y Domingo, que esos sí que eran trastes... mi hermano, el pobre, iba detrás y alguna bronca le cayó por su culpa. En mi casa aún se recuerda entre risas cuando ahogaron una gallina que mi abuela les había mandado mojar porque guaraba. “Domingo tuvo la idea de ver cuánto resistía debajo del agua... ¡hasta que dejó de respirar!”. En otra ocasión habían liado alguna, mi abuelo les iba a dar con la cachava y Manolo la tiró con tanta gracia que se quedó enganchada en el cable que daba luz a la casa. ¡Los juramentos del abuelo aún se pueden escuchar allí! Casi como cuando les tiró el macho a mi abuelo y a mi abuela al suelo, y los primos fueron todos corriendo a ayudar a Menta y dejaron de lado a Teófilo. “¡Desgraciaos, que yo también me he caído del macho y no me hacéis ni caso!”.


En fin, travesuras.

18 de julio de 2012

Juegos variados

Fotografías tomadas de la web de Pueblana de Montalbán,
precioso blog dedicado a este pueblecito de Toledo que os animo a visitar.

Siempre se dice que los niños de ahora tienen demasiadas cosas... tantas que a veces no les hacen caso de pura saturación. Los niños de antaño, los niños que fueron nuestros padres, no tenían ninguno así que aguzaban su imaginación para construirse ellos mismos los juguetes o aprovechaban los elementos y la naturaleza que tenían cerca para convertirlos en divertimento. Estos son algunos de los que recuerda mi padre:

  • La zumbadera: Era una cuerda en medio de un palo que hacía ruido, “la poníamos tensa con palos de urz y encima poníamos una cuerda de lana o dehilo, le dábamos vuelta y zumbaba, zummmmm zummmm...”.
  • Silbatos: “Los hacíamos con la cáscara de la mimbrera, le sacábamos la casca, le quitábamos por un lado, hacíamos un agujero y lo volvíamos a meter otra vez y silbaba”.
  • Carros de madera que se hacían ellos mismos “y con los que llevábamos piedras”.
  • A hacer barreñas: “Las hacíamos con el polvo del suelo y luego echarle agua”.
  • Al hinque: “Con un hierro que clavábamos en el barro”.
  • A la pina: cuando íbamos al Coito con las vacas jugábamos a la pina, con palos, a meter una pelota que nos hacíamos nosotros en unos agujeros.
  • “A tirar un palo a lo alto y darle con otro a ver si se le pegaba”.
Niños con carretillas de juguete. Web Pueblana. 

28 de julio de 2011

La rana

La rana ha desaparecido del pueblo, hace mucho que no la veo... No, no me refiero a la verde de piel lisa que esa, escasa, pero se va viendo... hablo de esta:



Una preciosa rana con molino, puentes y agujeros que alegraba nuestros festejos sanbartolinos, que era cuando se sacaba a pasear. Y es que mala soy, que se tienen que conjurar las estrellas y el sol y la luna para que yo meta una ficha (y mira que este modelo tiene huecos...), pero ¡cómo me gusta jugar a la rana! A mi y al resto de la familia, que tengo buenos documentos gráficos sobre ello...




Tres de la familia probando puntería en la rana, mi hermano y yo en Requeijo,
en las fiestas de 2007
y Javi en El Coito, en las de 2003
El juego de la rana está reconocido como deporte, tiene sus reglamento, sus normas y sus elementos de juego, pero también sigue siendo un entretenimiento de taberna, de tomarse algo con los amigos mientras se lanzan unas fichas. Al menos aquí, y ahora hablo de las tierras vascas, muchos bares de barrio siguen teniendo su rana al lado de la puerta y la gente juega mientras apura un vino o un zurito.

La rana, tal y como la conocemos hoy, parece ser que vino desde Francia, pero ya en la antiguedad se conocían juegos similares: en el Museo de El Cairo se recoje un juego egipcio llamado Hab-am-han muy similar a la rana y los griegos y romanos jugaban a probar su puntería introduciendo piedras en una ánfora o en un tonel agujereado.

Como ya en su día reivindiqué el futbolín para el verano, ahora pido que si la rana sigue viva, se saque para afinar puntería!


Artículo realizado con la ayuda de la información de  Manuel Jesús Veleda Vallelado en la página de la Federación de Deportes Autóctonos de Castilla y León.

31 de mayo de 2011

Fútbol

Foto tomada de la web de Congosta, que creo que ya no funciona, no se actualiza al menos.
Son los niños de la escuela, con un balón delante. No tengo el año de la foto.

Ahora que acaba de terminar la liga, que el Barça se ha convertido en el rey del fútbol europeo y que, durante dos o tres semanas, vamos a estar libres de Ronaldos y Mourinhos, recordamos cómo era el fútbol en Ayoó.

Cuando mi padre era un chaval, en los años 40-50, los niños, como ahora, le daban patadas al balón, solo que todo era un poco más modesto. “Los mozos teníamos un balón que era uno que había que se inflaba y que nos arreglaba el Ti Joaquín, el zapatero cuando se nos descosía. Llevaba una cámara por dentro que hinchábamos con una bomba de bici. Lo había comprado Pepe Moro, un hermano de tío Ismael. Luego ya compramos otro, que lo untábamos para que estuviera amoroso. Ibamos con alpargatas y poníamos una piedra y unos palos y hacíamos el campo. Jugábamo en el Coito, que había eras con poca hierba. Cuando terminábamos, se lo llevaba a casa el alcalde de los mozos”.

Y recuerda mi padre como alguna bronca se llevó por el fútbol: “una vez fui a jugar con unos zapatos que tenía y de darle al balón los descosí todos... me riñó más abuelo...”

El equipo también tenía su crack (“Fidel el de Antonina, que corría mucho”) pero no seguían a ningún famoso, “pero si no conocíamos ni a los equipos, no era como ahora, que si el Real Madrid, que si el Barcelona... entonces ni conocíamos a ninguno”.

Campo de baloncesto en El Coito.

Portería en el antiguo campo de fútbol del Robedillo.

Ese era el fútbol de antes, que en lo básico, es muy parecido al fútbol de ahora, a los chavales que aún con Lorenzo cayendo sin piedad, se cogen un balón y a jugar al campo del Coito (al de cemento, en el de baloncesto).

Partido de fútbol en El Coito en las fiestas de San Bartolo de 2007.

En mi recuerdo, el fútbol ayoíno está en los partidos de solteros contra casados en el campo del Robedillo antes y en el del Coito ahora y aquella temporada que seguíamos por los pueblos vecinos al equipo de Ayoó. Recuerdo ir a animar a Santibáñez, a Castro, a Villalverde... ¡¡¡y qué bien lo pasábamos!!!!

5 de febrero de 2011

El futbolín

El Olentzero (el carbonero de la tradición vasca que trae regalos a los niños en la noche del 24 de Diciembre) nos ha regalado un futbolín de tamaño gigante en el que estamos perfeccionando nuestra técnica futbolera. Personalmente siempre me han gustado los futbolines, no seré muy buena, pero me lo paso pipa intentando meter goles y parar los cañonazos de mis contrarios. Y ello me lleva a mis recuerdos de futbolines en Ayoó, cuando hace muuuuuuchos años podíamos echar unas buenas partidas tanto en el bar de arriba como en el bar de abajo. Incluso, creo recordar, pero no sé si me equivoco, que llego a haber futbolín en el pub de Gloria y Andrés, aunque no estoy del todo segura ( ¿o era un billar, que también hubo uno en el bar de arriba...?).





La verdad que lo echo de menos, aquellas partidas de unos contra otros, rotando sitio y posición en el campo, rumiando pipas cuando nos tocaba mirar cómo jugaban los demás... las risas, los piques, una partida tras otra... ¡ojalá se vuelvan a poner de moda y reaparezcan los fubolines en Ayoó!


El futbolín es un invento de un gallego bien peculiar, con una vida de novela: Alejandro Finisterre. Apenas era un muchacho que vivía en Madrid cuando en un bombardeo de la guerra civil quedó gravemente herido. Le llevaron a Barcelona y allí, con un montón de críos que como él estaban heridos y aburridos en el hospital, se le ocurrió hacer una versión futbolera del tenis de mesa. Un carpintero vasco le hizo el primer futbolín siguiendo sus instrucciones, pero la guerra impidió que pudiera fabricarlo en serie y cuando marchó a Francia, al exilio, perdió los papeles de la patente del juguete. Parte de su exilio lo vivió en Guatemala, donde se cuenta que echaba partidas con el Che, y allí lo fabricaban indígenas con madera de caoba. Después su vida dio muchas vueltas, increíbles y aquel niño gallego se convirtió en un hombre polifacético, editor, autor y amigo de poetas. Cuando regresó del exilio vio que su futbolín era un juego popular, que se había extendido gracias a unos fabricantes valencianos que lo tomaron como suyo pero sin contar con su nombre para nada.



Alejandro Finisterré. Foto de la Agencia Efe recogida en Typically Spanish.


Por cierto, este hombre tuvo una especial relación con Zamora: fue amigo de León Felipe y albacea de su obra. Vendió el legado al Ayuntamiento de Zamora en una polémica operación que aún colea: no se pusieron de acuerdo en qué se había negociado exactamente y los recuerdos y documentos siguen almacenados sin que se sepa muy bien qué hacer con ellos. Los últimos años de Finisterre los pasó precisamente en Zamora, la tierra de su gran amigo el poeta y aquí, en el barrio de Pinilla, falleció a los 87 años en febrero del 2007.



Información recogida en Wikipedia, El País y La Opinión de Zamora.

9 de enero de 2011

¡A brincar!

Para estos días posteriores a las Navidades en los que todos habremos cogidos unos kilitos extra con tanto turrón, mazapán y polvorón, no estaría de más que nos pusieramos en forma con algunos juegos de toda la vida, de aquellos de saltar unos encima de otros.... ¡y funcionan sin pilas!



Niños jugando a "la brinca la mula", obra de la pintora Txitxi Orbegozo (aquí su blog)
 A la brinca la mula es un juego que existe en todas partes, aunque cada uno le de un nombre algo diferente. Se trata de un niño que se pone sobre una pared o sentado y hace de “almohada” y juez en el juego. Unos cuantos se apoyan sobre él con la espalda doblada y los demás van saltando encima. Después hay variantes, en unos le coje el dedo y tiene que adivinar, sin ver, cuál es, o acertar una pregunta, pero lo básico es tirarse a lo bestia sobre los que ponen sus lomos.... En muchos lugares se conoce este juego como “Churro va...” y yo misma he jugado muchas veces en el cole, pero aquí lo llamamos “txorro, morro, piko, taio, ke”, que era lo que gritábamos mientras cogíamos carrerilla para saltar sobre los burros.


Un juego similar era “La Brinqueta”, que es como el salto del potro seguido: uno salta sobre la espalda de otro y tras caer, se pone el para que los demás le salten.


Si alguien está interesado en estos juegos tradicionales puede consultar estas dos páginas, la de Barrio de Santamaría y la de la Fundación Joaquín Díaz.

27 de octubre de 2010

El pitón

Otro de los juegos habituales de los niños de hace sesenta años era uno llamado “El pitón”. Es un juego de habilidad y coordinación ojo-mano. Se necesitan cinco piedras no muy grandes, como las que aparecen en la foto, en la mano de mi madre.

 Una se tiraba a lo alto y antes de que esta cayera, se tenía que meter otra piedra por el hueco que formaba la otra mano (generalmente la izquierda, salvo zurdos), que se ponía como haciendo un puente, sobre el suelo.

Este era un juego de chicas y requería habilidad, coordinación y rapidez.

5 de junio de 2010

¿Quién te pica Juan Barril?

Un juego de los niños de los años cuarenta-cincuenta tenía el curioso nombre que encabeza este post. Se jugaba de la siguiente manera:
Uno se ponía con los ojos cerrados, como en la gallinita ciega, y otro le daba en el culo, le chinchaba, mientras todos gritaban “¿Quién te pica Juan Barril?”. El picón escapaba y el que se quedaba debía adivinar quién le había dado...



Había otro juego que consistía en mandarle a uno hacer cosas: tenía que darle un beso a otra persona, tenía que tocar una puerta... Una vez a un rapá le mandaron ir a dar patadas a la puerta del Ti Leonides que salió detrás de ellos y si les alcanca les muele a palos. A otro le mandaron ir a Prapalacio a por puerros. Es una especie del "Verdad o consecuencia" más moderno.

23 de marzo de 2010

El quiche

El quiche era un juego de chicos. Los chavales se repartían en dos equipos que llevaban un palo con vuelta al final, al estilo de los stiks de hockey pero a lo rústico. Con el palo se golpeaba la bola, que bien era una piedra o una bola de madera. Se hacía un agujero en el suelo de la pradera y el objetivo del juego era meter la bola en él, mientras el otro equipo trataba de impedirlo. Este era un entretenimiento en algunos ratos, como los que se daban mientras se cuidaba la vacada, por ejemplo.

15 de marzo de 2010

La alpargata

Se hacía un corro de gente, todos sentados en el suelo y con las piernas estiradas. Mientras, otra persona se ponía en el centro también sentada. Se metía la alpargata de cáñamo o goma, las que se usaban entonces y se la iban pasando por debajo de las piernas y el del centro tenía que andar rápido y atraparla cuando estuviera debajo de uno de ellos. Tomaba su relevo en el centro aquel a quien cogía la alpargata.

10 de marzo de 2010

A la luz de los candiles

Antes de la llegada de la luz eléctrica las casas se iluminaban con velas, candiles de petróleo y candiles de carburo.

En las habitaciones había faroles con aceite o velas y los candiles se usaban para estar en la cocina o para ir a la cuadra. Si andaba el aire se apagaban, así que había que aguzar la imaginación. Así, por ejemplo, cuando se iba a las ovejas se llevaba un frasco de cristal con un alambre al cuello para sujetarlo y dentro iba la torcida... También se llevaba a la cueva el candil de petróleo...




Colección de candiles recogidos de la web de Malva (Zamora)

Los candiles de petróleo llevaban una torcida de algodón, una mecha, como una botella... echabas el petróleo y prendía la torcida... en esta página se explica mejor este funcionamiento: era una especie de lámpara fabricada de diferentes materiales, modernamente, de hoja de lata o hierro abarquillado, que tenía por delante un pico y por detrás un mango a cuyo extremo se unía una varilla de hierro con un garabato que servía para colgarlo. Dentro de aquel vaso se ponía otro más pequeño de la misma forma que se llama candileja en la cual se echaba el aceite y se metía la torcida de algodón o lienzo cuya punta salía por el pico y es la que encendida ardía y daba luz.



También se usaban faroles como este de la web de Malva (normalmente con aceite)  para ir a echar de comer a la hacienda o hacer otras labores en la casa.

En la red he encontrado un fragmento del libro “En el corazón de otros tiempos", que narra la autobiografía de un zamorano, el autor del libro, Gerardo Martín Pascual, se recoge esta imagen: “También recuerdo la habilidad de mi madre colocando la torcida, a lo largo del pico del candil, con una de las horquillas del moño de su largo pelo. La torcida era una mezcla de hilos de algodón retorcidos que, impregnados de aceite, cera o petróleo, ardían y se quemaban lentamente, produciendo la tenue llama que servía de luz en la penumbra”.


El combustible venía en bidones que mi abuelo Teófilo compraba en La Bañeza. Mi padre recuerda a una niña del pueblo que fue a nuestra casa y pedía “eso que luce cuando no hay luz”, refiriéndose al petróleo.


Cuando llegó la luz aún se seguían usando los candiles de petróleo porque se iba con mucha frecuencia.
Candiles de carburo, web de Codesal (Zamora)


Los candiles de carburo eran unos cacharros que funcionaban de una manera similar a las cafeteras italianas: se echaba el carburo, un poco de agua y se ponía una pieza e iba cayendo gotita a gotita el combustible y esto era lo que ardía.


En la página del pueblo de Valdeobispo, en Cáceres, se cuenta perfectamente cómo funcionaban estos candiles de carburo:


En la fotografía podéis ver un carburo desmontado en sus componentes. En el recipiente de la derecha se colocaba carburo cálcico y se tapaba con el de la izquierda. Juntos se introducían en el recipiente mayor en el que se ponía agua. Al reaccionar el agua con el carburo desprende gas acetileno que salía por la boquilla del dispositivo, que al prenderse arrojaba una luz más intensa que el del candil o el quinqué de petróleo.


Los candiles de carburo eran más modernos, más limpios que los de petróleo y más seguros que las velas. El carburo se compraba en piedras que venían en bidones de chapa con un agujero en medio.


Cuando tras la sementera y durante todo el invierno, las mujeres iban a “los hiladeros”, a hilar el lino, la lana, a tejer los jerseys para la familia, ... se compraba el carburo a escote, entre todos los que iban a casa de la abuela Menta. También se pedían unos a otros para actos como las matanzas o las bodas, igual que se hacía con las mesas o las sillas.


Los niños cogían los restos de carburo, los metían en un bote, excavaban un agujero, lo tapaban bien con arena y tierra y le ponían una mecha que encendían con un palo largo (¡al menos eran conscientes de que era arriesgado!). El bote salía como un cohete, disparado. Otra variante era meter el bidón de carburo en el agua y hacerle un agujero con una rama y esperar a ver cómo subía... Era un juego peligroso pero que les encantaba y, milagrosamente, nunca les pasó nada a ninguno de ellos.