18 de febrero de 2009

A La Bañeza (2)

“Con el carro de las vacas íbamos a por el mineral. Tardábamos dos días y había que quedarse a dormir allí”. El mineral se usaba para abonar la tierra, para el cereal y se iba a comprar una vez al año. Mi abuelo Teófilo le compraba el mineral a uno de La Bañeza conocido como El Feo. A este le llegaba en un vagón, 10.000 kilos y para que le vendiese sin poner pegas, además de pagar lo que se llevaba, le solía obsequiar con una hogaza de pan o unas tripas de chorizo. Si no, había que comprarlo al estraperlo y era mucho más caro.

También se iba con el carro cuando se llevaban a vender los cerdos de casa. Se cebaban uno o dos más de los que se dejaban para el consumo interno y estos se llevaban a vender.

En Riego de la Vega, entre La Bañeza y Astorga, había un matadero importante y allí se llevaban a vender los cerdos. El representante del matadero y con el que se negociaba, era un tal Don Pedro, que iba bien vestido, con su abrigo, sus guantes de piel, los legues. Comenzaba la negociación, que si el cerdo a 60 duros, que si a 50 duros la arroba... Cuando se llegaba a un acuerdo, Don Pedro marcaba al animal con una cruz y daba 50 pesetas de señal. Solía querer hacer el pesaje después de la comida y los que iban a vender, recelosos, comentaban que era para ver si en ese rato adelgazaban los cochos...
También se vendían animales a los asturianos, que bajaban de su tierra.

El mercado más importante de La Bañeza era el que se celebraba en La Concepción, en la festividad de diciembre. Era un gran espacio, una gran plaza, situada donde ahora están los institutos. Se iba con los cerdos, las caballerías, las vacas, el ganado...

Al pasar las vías del tren estaba la caseta del
fielato, donde había que pagar un impuesto de entrada por todo lo que se metía en la ciudad, ya fuera una botella de vino.


Fielato en Cuatro Caminos, Santander (1889)

En La Bañeza había dos casas, la de La Josefa y la de La Ezequiela, más céntrica. “Les dábamos cinco pesetas por dejar allí las caballerías. Llevábamos paja o remolacha para que comieran en ese rato. Nosotros llevábamos comida de casa y la comiamos también allí. También nos servía para dejar las cosas que íbamos comprando o los recados que íbamos haciendo. Ibamos con un capazo para cosas pequeñas y para grandes, como azúcar, sacos de 50 kilos o fideos, sacos de cuatro o cinco kilos”, cuenta mi padre.

“Ibamos a vender alubias, estaba el almacén a la entrada y según aparecías ya venían los compradores a hacer las ofertas, que si a 5,5 pesetas, a un real más... lo normal era venderlas por unas 5 o 6 pesetas el kilo. Recuerdo que Tía Viviana sacó un año 5 o 6.000 pesetas de habas, que le arregló el año”.

A La Bañeza se iba a vender y también a comprar. Mi abuelo siempre llevaba una libreta con los encargos que le hacía la gente. Se llevaban prendas a teñir, medias, jerseys, refajos... Se iba a teñir a una tintorería que se llamaba Moisés. Allí te daban un vale para luego recoger las prendas

Otras compras que hacía mi abuelo: compraba un fardo de bacalao, que tenía unos 50 o 60 kilos y lo iba repartiendo con otra gente del pueblo, cada uno pagaba su parte.
También se compraban cajones de escabeche, cajones de madera que tenían latas de kilo, 12 o 16, que se repartían por las fardelas.

El aceite iba en botijas de cinc de 15 kilos, con un tapón.

También se compraba la ropa. Cuenta mi padre que “mi primera gabardina fue una que compré allí, por 500 pesetas. El primer traje lo compré en Santibáñez, donde Castaños y me costó 600 pesetas. Recuerdo que a Marina su madre le decía: ay, Marina, anda hija, que hoy vales 500 peseticas más por el abrigo nuevo que llevaba”.

17 de febrero de 2009

A La Bañeza (1)


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Ayoó ha tenido una estrecha relación con La Bañeza, la ciudad que quedaba más cerca por las vías que, años atrás, podían usarse, por los caminos que iban por el monte y que dejaban a la localidad leonesa a tiro de piedra. Benavente estaba bastante más lejos para las posibilidades de la época y no digamos ya Zamora. Dice mi padre que él solo fue dos veces a la capital en su juventud, “una cuando el sorteo de la mili y otra para una consulta médica”.

El Camino a la Bañeza estaba por el monte y llegaba hasta Castrocalbón (a 10 km de distancia oficiales, posiblemente menos por esta vía) y de allí por una carretera de piedra picada se llegaba hasta la ciudad (otros 14 km aproximadamente).

Lo habitual era hacer el camino bien en carro, con las vacas, bien con las caballerías aunque había dos coches de línea cuyas paradas quedaban bastante lejos de Ayoó:
Uno iba desde Camarzana de Tera, salía todos los días y tardaba más de una hora en llegar. Paraba en Santibáñez, Fuentencalada, Castrocalbón y Jiménez, antes de llegar a La Bañeza. El otro iba desde San Esteban de Nogales, los sábados.

El autobús de Camarzana, tardaba en llegar hora y pico y decía el cobrador: “yo cobré el viaje, no el baile”, por el meneo del camino con los baches. El conductor maldecía: “libro uno y cojo dos”. Hablamos de finales de los años cuarenta, y el precio de este transporte era de unas 15 pesetas.
“Ibamos en autobús cuando era imprescindible y no se podía hacer el camino porque llovía y no se podía con el barro. De todos modos, había que llegar andando hasta la parada de Fuentencalada”.

La mayor parte de las veces se iba a La Bañeza en caballería, a vender de todo, cabritos que berreaban todo el camino, pollos que grajeaban, alubias... y a comprar y realizar todo tipo de recados, como contaremos en una próxima entrega.

Todos los sábados iba gente, diez o quince caballerías, repartidas en dos o tres cuadrillas. “Los de Congosta pasaban siempre y decían, Teófilo, vas a La Bañeza?”, recuerda mi padre.

“Cuando yo me casé (en el año 1960) aún se iba con la caballería a La Bañeza”.

13 de febrero de 2009

La Domi



Veo en la tele que ahora han inventado un paragüas para perros... ay, pobres bichos.. se les viste con ridículos vestidos, se les peina y se le da comidas mejores que las que muchos niños tienen en la mesa cada día... qué tonterías hacemos los humanos y qué pena ridiculizar así a los animales.. y cómo me acuerdo, en estos casos, de una perra de verdad, una señora perra que dejó una huella imborrable en nuestra casa y a la que seguro que más de uno de los que lean esto aún recuerdan: La Domi.

Dominga, sí, llevaba el nombre de una antigua novieta de mi primo Manolo. Era una perra grande, fuerte, leal... un mastín que le trajeron a mi abuelo de Galicia y que se parece a este que he recogido de la
web de Aliste (qué pena, no tengo ni una sola foto de la perra)

Fue la Domi una perra medio salvaje cuando estaba en el corral de las ovejas de mi abuelo, en Peñacabras, cuidando del rebaño de cabras de la familia. Si uno se aproximaba tan solo a la entrada, la perra ladraba, aullaba y enseñaba los dientes por debajo de la puerta y, desde luego, se le quitaban a una las ganas de pasar más allá... Eso sí, en cuanto oía tocar la chifla, la perra callaba y dejaba sacar el rebaño, al que acompañaba durante todo el día.

Yo la conocí así, fiera y terrible, que daba miedo... y no tenía nada que ver con la perra que luego vivió durante años en la casa de los abuelos... una vez que fue llevaba allí, la Domi se volvió juguetona, cariñosa, reclamando a todos los de la casa una caricia, una mano por encima de su cabeza tras haber cumplido con su trabajo.

Recuerdo cuando llegábamos al pueblo para las vacaciones, yendo con las maletas por la calle de la Iglesia y la Domi abriendo camino al cortejo, aullando de contenta, orgullosa, enseñando a todos que venía su familia...



En el trabajo, la Domi era una cumplidora. Armada con sus carrancas en el cuello, para protegerse de posibles ataques del lobo o de otros perros, la perra era la mejor guardiana de las cabras de Ayoó.

Perro con las carrancas o carlancas

En una ocasión volvió el ganado por la noche, pero no apareció la perra. Raro, porque ella nunca se despistaba... hasta que salieron a buscar y allí estaba, en el monte, cuidando a un grupito de cabras que se había perdido.
En otra ocasión, la perra iba una y otra vez hasta uno de los pastores, le tocaba la mano y volvia sobre sus pasos. Una y otra vez, hasta que el pastor, intrigado por el extraño comportamiento de La Domi, la siguió y así fue como descubrió lo que el animal trataba de decirle: que había una cabra que había parido y se había quedado alejada del grupito.
También recuerdo un día que estaba en Requeijo con los amigos y se acercó el rebaño. La Domi vino hasta donde yo estaba buscando un arrumaco, aunque nerviosa, iba y venía. Así hasta que la saludé, le hice una caricia y ya contenta, volvió con sus cabras, con una expresión en la cara que decía algo así como “perdona, pero es que estoy en el trabajo”.

Ay, La Domi, ¡¡¡qué lista era!!!! ¡¡¡Y qué madraza!!! Un verano parió junto a la puerta del pajar y uno de los cachorros de la camada, el más pequeño, se le murió... y ella, todo amor, le daba de mamar a las otras crías, pero no paraba de dar lametazos al pequeño cuerpecito que no respondía a sus caricias... Y cómo aguantaba cuando mi abuela le limpiaba con desinfectante una herida que se había hecho en la pata con un palo en el monte. Le tenía que doler horrores, tenía toda la patita abierta y herida, pero allí iba ella, cojeando, a su labor de cada día, a cuidar de las cabras del pueblo.


La Domi era tan grande como yo cuando se me ponía encima, apoyando sus patas delanteras en mis hombros. Grande y buena, le gustaba estar cerca de la familia y se ponía en un lado del comedor a la hora de la cena y dormía sobre la berzas por la noche, atenta a todo lo que se moviese cerca de la puerta.

La Domi, una señora perra.

11 de febrero de 2009

Ingenios caseros



Cuando estuve en el pueblo en Semana Santa descubrí estos curiosos ingenios hechos con una botella de plástico y que aprovechaban la fuerza del viento para asustar a los pájaros. Sus elementos son bien sencillos: un palo para ponerlo en alto, un alambre para enganchar la botella al palo, a la botella se le abren una especie de alas y ya está en marcha... en cuanto recibe un poco de viento se mueve a un lado y a otro y llega a dar vueltas como un loco (lo había grabado también, pero he debido borrarlo porque no lo encuentro...).
Me hizo mucha gracia la idea, que lo mismo tiene un montón de años, pero reconozco que yo no lo había visto nunca... lo malo que Oier quería que pusiéramos botellas de estas por todas las ventanas de casa ¡¡y fue difícil convencerle de que no era plan!!


(Este post también es una prueba para ver si se ven los videos, que hasta ahora no había sido capaz de subirlos)

9 de febrero de 2009

El chiste de los huevos

Este chiste me lo dijo hace pocos días mi padre y me aseguró que era uno que se contaba, con éxito, en sus años mozos...

Iba uno en La Bañeza cargado con una cesta llena de huevos. Tropezó en las vías del tren y cayó, haciendo una buena tortilla con los huevos. El hombre empezó a lamentarse, “cagontal, ahora qué hago? Ay, de mi, lo que me va a decir mi mujer!, ay, qué desgracia, yo me cuelgo, me cuelgo!!!” Y uno que pasaba le dice, “¿por los huevos?”. Y el desafortunado le contesta extrañado “no, hombre, no, por los huevos no, por el pescuezo!!!!”

Vale, vale... ya sé que es un poco como es... ¡¡¡pero a mi me hizo mucha gracia!!!!

2 de febrero de 2009

Día de las Candelas

(Entrada actualizada en 2020)

El día 2 de Febrero en multitud de pueblos y ciudades, incluido nuestro Ayoó, se conoce como el día de las Candelas. Según la costumbre del pueblo judío, a los cuartenta días de dar a luz, toda mujer debía presentarse en el templo con su hijo recién nacido, para purificarse, y María así lo hizo. Del mismo modo, durante años y decenios, en el pueblo, las mujeres que habían dado a luz, debían esperar la cuarentena antes de sacar al niño de casa e incluso para salir ellas mismas. Su primera visita a la calle era, siempre, para ir a la Iglesia y hacer la presentación oficial del bebé.


Presentación del niño en el templo, Anónimo alemán hacia 1515. Fundación Thyssen-Bornemisza

Como nos contaba en los comentarios de esta entrada Manolo, las mujeres hacían la primera salida con el niño a la iglsia y en domingo. No entraba en el templo hasta que el curo la recibía en la puerta con una vela encendida. 

Imagino que esta casi prohibición de que la mujer saliera a la calle tras el parto, no tiene tanto que ver con una forma de cuidar y de que se recuperase del esfuerzo del embarazo y el parto como de esa prevención que ha habido (y casi hay) con la sangre de la mujer, la menstrual (y todos los mitos, falsos mitos asociados a ella) y en este caso, la sangre tras el parto (los loquios, el cuerpo que va curando tras el parto, tras la expulsión de la placenta y mientras el útero vuelve a su ser).


En cuanto al día de hoy, la fiesta de las Candelas, se limitaba a una bendición del cura, pero en otros muchos lugares, tanto de Zamora como de fuera, se celebra y mucho esta fecha: En Benavente se está recuperando la tradición; en tierras de Aliste, en Sarracín, las mozas ofrecen un ramo y cantan una canción; en Carbajales de Alba se subastan bollos maimones,...

En La Opinión de Zamora, en la  celebración de las Candelas de 2020, se hacía un repaso a todas estas costumbres, lo que se hacía antes y lo que se celebra ahora. Una bonita recopilación que añado a la entrada que hice hace ya años sobre este día:

La Virgen de las Candelas era y es la fiesta de las mujeres alistanas, pues también en Aliste las madres cumplían con la costumbre de la "Salida a Misa". Una extraña costumbre que hoy sería y es inconcebible. La mujer alistana, una vez que había dado a luz, se mantenía en casa encerrada a cal y canto durante un mes, sin salir ni siquiera a la calle. Algo no exento de drama cuando se trababa del verano y la cosecha. De hecho ni acudía al bautizo de su hijo, siendo la madrina la encargada de llevar a la iglesia al niño o a la niña. Pasados los 31 días de rigor la primera salida era a misa, llevando al recién nacido en brazos "Para recibir la bendición del sacerdote y dar gracias a Dios por el alumbramiento" a la entrad del templo. Durante el ofertorio la madre se presentaba ante el altar con el niño para hacer la ofrenda con un cesta de mimbre, con una hogaza de pan casero y una candela que se mantenía encendida durante toda la misa y que quedaba para la iglesia, mientras el pan se consideraba un donativo material para el cura que era quien lo consumía.

28 de enero de 2009

Calzado de antaño

En invierno, el frío aprieta en el pueblo y es necesario proteger pies y piernas de las bajas temperaturas y del agua. Pero antes no era como ahora. Primero, no había dinero para comprar. Segundo, tampoco había tanta oferta como en cualquier tienda de hoy. Así que si no hay, se fabrica y a aguzar el ingenio toca.


CHANCLOS

De este modo surgen los, “chancros” o “chanclos”, una especie de zapato que tenía el piso de madera y de material, como una bota alta, con correas. Por debajo llevaba una herradura para que no se gastase la madera.


Los chancros eran algo similar a esto, que aparecen con el nombre de "chancas" en la página web del pueblo zamorano de Fariza


GALOCHAS O MADREÑAS


Foto de la Web de la empresa Artesanos Leoneses

Las galochas son el calzado de madera usado para salir a lo mojado y al barro. Se compraban a los vendedores que iban al pueblo o bien en La Bañeza.
Galochas o madreñas es básicamente lo mismo, pero me dicen en casa que las madreñas eran “más finas” y que en Ayoó las que había eran más bastas y se usaba más el nombre de galochas para llamarlas. La palabra es de origen griego, Kalopous y significa "pie de madera".

Sobre las madreñas hay un montón de información que se puede recoger en la red. He encontrado este comentario en la página de
Celtiberia, que me ha parecido especialmente interesante:
En León y Asturias, Cantabria y Palencia se le denomina "madreñas" y en Zamora y en Valladolid "cholos". La desaparicion de su uso ha sido motivado en nuestro medio rural por el asfaltado de las calles de los pueblos, ya que es un calzado muy práctico para circular por sitios embarrados. La madreñas se calzan a la puerta de casa(para salir) sobre las alpargatas, cuando uno vuelve a casa, se las quita, las deja al abrigo de la entrada y pasa al interior de la vivienda con las zapatillas de felpa y así no ensucias el suelo del interior. También es un calzado muy práctico cuando estas preparando leña ya que de un madreñazo puedes partir palitos. Hoy en día muchas de estas madreñas cuelgan de las paredes de los zaguanes de las casa de los pueblos en plan decorativo., ya que si en suelos irregulares y embarrados son una delicia, caminar con ellas sobre suelos lisos y asfaltados es una tortura.

En Asturias sigue habiendo un importante mercado de madreñas, que allí son casi un elemento que define su cultura. En esta página del pueblo de
Trabau, en la linde con León, podeis encontrar todo tipo de información sobre madreñas y también en este de la Villa de Grao.


CALZADO DE VERANO


En invierno había zapatos para ese tiempo y con el tiempo bueno se llevaban las albarcas, hechas con tiras de material.. También se hacían en las casas unas alpargatas, cosiendo lienzos a las suelas. Mi padre recuerda que mi abuela lo hacía usando a modo de aguja, las ballenas de los paraguas.
Y propio del tiempo bueno eran las zapatillas de esparto.
Para regar se ponían los chancros o, si hacía buen tiempo, descalzos, que las botas de goma, las katiuskas, no llegaron hasta mucho tiempo después.

Albarcas. Foto tomada de la web del pueblo de Fariza

ANGORRAS

Cuando se iba a la hacienda se ponía una piel de oveja alrededor de la pierna, las “angorras”. Eran de piel seca de oveja, se ponían con unas cuerdas y protegían del frío y de la humedad.


(Este es el comentario enviado por Manolo Ferreras y que por su interés, creo que conviene poner aquí, para que no os lo perdais)

Tiempos de chanclos, abarcas, medias de peal, trueque (artículos a cambio de huevos y otras cosas de casa).

Chanclos. Mi madre vendía las plataformas de madera, las herraduras y los rebagones (clavos usados para herrar las caballerías) todo ello usado antes. De allí se iba uno a casa del Ti Gaspar o a casa del Ti Pascual, que eran zapateros, y allí los confeccionaba.

Abarcas. También las vendía Martina, calzado de verano, hecho de los recortes de ruedas de coche en su totalidad, ya venían hechas.

Medias de peal. Hechas de lana pero sin el pie solo lo que es la pierna, al final se le ponía una traba para que no se subiera para arriba cuando estaba puesta.

Trueque. Martina los artículos que vendía, que eran todos en aquellos tiempos, incluidas las pastillas (Pental Tiazol) para la fiebre y el dolor de cabeza, los daba a cambio de huevos, trigo y damas y el que no tenia," APUNTA", mi madre tenía un cuaderno y siempre estaba lleno. Les cuento una anécdota, cierto día mi padre le dice a una mujer hoy fallecida, fulanita, a ver si me puedes pagar que ya va siendo hora y ella le contesta "mira Gumersindo no me apures sino digo que nada te debo".

Los jóvenes pensaran "ya está este contando batallas", yo me alegro que ellos no participasen en ellas, y que participen en las de hoy que son con coche, con móvil y con dinero en el bolsillo.