22 de noviembre de 2009

El lino: Los hiladeros

Pero además de la parte técnica, trabajosa, del lino, hay alrededor de él unas costumbres, una forma de relacionarse en los pueblos, única y hoy perdida. La primera característica que llama la atención es que era un trabajo de mujeres. Como me cuentan en casa, mujeres grandes y pequeñas, adultas y niñas, eran las que cargaban con este duro trabajo. Dice mi padre que recuerda muy buenas hilanderas: Pilar la de Alberto y su madre, Conce la de la Ti Leonor, mi tía Paulina, Leonor, la madre de Antonio, tenía una gran fuerza...”.


Así se recoge también en un amplio documento sobre el lino en el pueblo zamorano de Lanseros de la Revista de Folklore de la Fundación Joaquín Díaz:

Las niñas aprendían a hilar casi desde que se tenían en pie, a los diez años eran ya perfectas hilanderas. A veces se hilaba a la par que se hacían otras faenas, hilaban las pastoras mientras guardaban el ganado y también llevaban el huso y la rueca para amenizar la marcha cuando había que desplazarse a alguna aldea cercana.

(El cultivo del Lino en Lanseros (Zamora). Fundación Joaquín Díaz)


La otra gran peculiaridad del trabajo con el lino era que se convirtió ese momento en uno de los principales puntos de relación social de los pueblos, también de Ayoó, por supuesto, como me contaba mi padre: “A la hora de ir a espadar el lino, se solía acudir a una casa y allí se estaba trabajando a la luz de los candiles de carburo o de petróleo, pero también de charla. Se cenaba al sol puesto y se iba después. Muchas veces, terminaban bailando y tocando el pandero. Los novios aprovechaban el momento para acompañar a las chicas a su casa y estar un rato con ellas a solas”.


Mujeres de Peñaparda (Salamanca) trabajando el lino. En este pequeño pueblo hay un Museo dedicado al lino, instalado en las antiguas escuelas del lugar. Si pinchais aquí podéis ver su página web.

 

Era lo que aquí se llaman “los hiladeros” y que recibe nombres diferentes según las zonas, aunque similares, como se cuenta en la historia del pueblo de
Lanseros:
A la reunión nocturna que surge alrededor de la rueca se le nombra de formas tan distintas como distintos son los lugares donde se da este hecho. Desde el filandón asturiano a la fiada gallega, pasando por la jila de Cantabria, el hilorio búrgales o el madrileño hilandero. Los seranos eran en Lanseros ni más ni menos que estas reuniones rurales, la voz serano se corresponde con la portuguesa serao, que nosotros aplicamos como sarao para las reuniones aristocráticas del siglo XVI.

Se seranaba después de cenar, cuando ya el ganado había entrado en casa. Durante las largas noches de invierno, las gentes labradoras, apenas pueden hacer nada en el campo, y como es lógico no permanecían catorce horas en la cama; normalmente empleaban la velada en hilar, que es oficio de mujeres, el serano eran las Cortes del lugar, el Parlamento, el Casino, el punto donde se reunía la juventud vigilada y presidida por las canas de la vejez. Se realizaban siempre en alguna cocina anchurosa, bien siempre en el mismo lugar, en cuyo caso se indemnizaba a la dueña escotando para sufragar la grasa del alumbrado, o hilando un día semanal en su provecho; o bien cambiando de cocina según un determinado turno.

Las mujeres acudían con sus hijas casaderas y aún más jóvenes, armadas todas de rueca, huso y canastilla donde se transportaban los cerros de lino, o los copos de lana a hilar durante la noche. A veces acudían también los padres, ya por cumplir un deber, ya por conveniencia propia.

Más tarde llegaban los mozos entonando canciones y, por respeto a los amos, se detenían en la puerta, hasta que poco a poco se iban sentando en los escaños de madera, apretándose unos contra otros para hacer sitio. Las mujeres hilaban de pie.

Allí se hablaba de la paz y de la guerra y de otras cosas más menudas, se contaban cuentos, se proponían acertijos y otras muestras del antiguo saber. Se ejercitaba la vena creadora del pueblo componiendo los ramos que se ofrecían a los novios, o a los patronos del lugar en acción de gracias por algún favor concedido; o se ensayaban las logas -claro está, loas- que con ocasión de algún suceso sonado cantaba un grupo de mozas del pueblo.

Además de todo esto se concertaban matrimonios, se ensayaban comedias, sin que por nada de todo ello dejaran de hilar las mujeres. Cuando hablaban sentenciosos los ancianos, callaban los jóvenes, mientras la leña seca chisporroteaba en el hogar repartiendo su calor benéfico sobre la concurrencia que se apiñaba en derredor.

A veces, un mozo vivaracho cogía disimuladamente un tizón encendido con las tenazas y lo aproximaba al cerro que está hilando su vecina, pero ella, siguiendo la broma, lejos de asustarse, tira de rueca y aplica la llamarada a la cabellera del mozo.

El serano era, en fin, la cátedra donde se estudiaban con mayor o menor aprovechamiento todas las disciplinas tradicionales, todo lo que necesitaban saber los hombres y las mujeres para desenvolverse en aquel tiempo y en aquel espacio.



Más sobre el lino: El cultivo y Sacando el hilo.

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